Personalidad y mundo de los tonos de color



La pintura crea o representa una imagen mediante un discurso gestado por los tonos de color. Estos, que aislados son estáticos e introvertidos, al recibir la compañia de otro, cobran inmediata animación. El dialogo que generan puede ser el más sencillo, repetitivo e intrascedente, y en otras ocasiones inspirado y original, sorprendiendo al ojo del observador con nuevas sensaciones, las que rara vez son aceptadas sin resistencia, ya que la retina es conservadora en su educación sensible y necesita muchos ejemplos de lo innovador, para aclimatarse.

Los tonos de color tienen atributos y limitaciones que les confieren personalidad como seres animados y voluntariosos, y que el artista debe investigar exhaustivamente, pues de ello provendrá la fuerza de su lenguaje. Esta personalidad oculta descubierta en ellos, obliga al pintor a asumir un rol de Director en el coro luminoso que se va generando en la tela, y armonizar en todo momento su propia intención creadora, con lo que realmente esta ocurriendo en las yuxtaposiciones. El artista entonces, es el creador - director - moderador de la obra en que intervendrán estos actores, fuentes de energía y vitalidad presta a manifestarse inopinadamente.

A pesar de que físicamente (longitudes de onda), y en la construcción de sus proposiciones (intervalos, tono mayor - tono menor, cálidos - fríos...), color y música tienen idéntica equivalencia de recursos, su objetivo final en nada se parece. La música exige tiempo para gestarse y en pintura la obra es el instante congelado, en una interviene lo auditivo y en la otra lo visual. Sin embargo al juzgar estas obras, se suele hablar del "color" en la música y de la cualidad "musical" de ciertas pinturas, lo que permitiría suponer algunas correspondencias sutiles entre ellas.

El rojo se incorpora o bien recibe, con el máximo de fuerza expresiva visual, que recuerda la violencia, el fuego, lo sanguíneo, el amor, la alegría, lo visceral, la madurez, la acción, la vida. Es la quintaesencia de lo dominante, y representa el máximo de calidez y versatilidad en sus tonos. Su cualidad expansiva en la composición, requiere de otros tonos que sujeten su perímetro. Sus limitaciones las encontramos en los tintes claros, que pierden gran parte de los atributos mayores.

Debido a la notable concordancia y reciprocidad entre color y música, propongo una equivalencia con el sonido de los bronces en general, de una orquesta.

Azul es señorío y tranquilidad, genera frialdad, pero en su ámbito tiene mucha fuerza. Proporciona mediana versatilidad de tonos, su presencia recuerda el cielo y el mar, la noche, el dolor, la fatiga y el cansancio, el ensimismamiento, lo religioso y la pureza, el universo, es confiable y ayuda a la meditación. Representa el máximo de inactividad y poco interés por comunicarse con el resto de los tonos, salvo el blanco y el negro. Recuerda a las cuerdas y el piano, en la orquesta.

El amarillo es el más luminoso de los tonos, posee la mayor armonía y entusiasmo hacia ellos, colaborando con aquellos que por falta de carácter tienen poca trascendencia pictórica. Hay opiniones, sostenidas en el tiempo, en el sentido que representa la inteligencia. Tiene un repertorio recomendable de tonalidades, más calidas o más frías, recuerda al sol, la arena, el fuego, las flores, la luz, algunos metales, la alegría, el ingenio, la cosa bien dicha, la estabilidad emocional, y es extrovertido. Solo hay que preocuparse de la proporción en que interviene en la composición.
Recuerda el sonido del clarinete y la flauta, en la orquesta.

El verde es esencialmente la presencia de la naturaleza, en prados, bosques, arbustos. Tiene la discusión opositora más amplia en sus yuxtaposiciones con el rojo, siendo él en sí, de personalidad ecléctica. Su gama de tonalidades es recomendable, pero difícilmente estelar. Es la tonalidad lumínica mediana del espectro, habla de lo cotidiano intrascendente y abunda a la vista, por costumbre se asocia a lo enfermo.
Recuerda el sonido del oboe y la flauta de madera, en la música.

Naranjo como mediador entre rojos y amarillos, de luminosidad entusiasta, siempre una promesa moderada, pareciera que va a decir más o dijo demasiado, imposible separarlo del recuerdo del fruto, un conversador recomendable en medio de un grupo. Su gama es reducida, por lo dominante de sus vecinos rojo y amarillo.
Recuerda la percusión y los bronces más claros de la orquesta.

El violeta, que escasea en la naturaleza, es el tono más grave de todos. Profundo y misterioso, precursor de malas noticias, acento o punto final en una conversación, sinónimo de actividad religiosa, denso de aspecto y seguro de sí mismo, amigo de rojos y azules, infunde cierto temor, posee una amplísima gama de tonalidades. Al igual que el azul, sugiere el infinito. En la búsqueda de equivalencias con la orquesta, recuerda al contrabajo.

El blanco esta en el comienzo del discurso de los diferentes tonos y el negro es el colofón. El blanco en esencia es pureza de intenciones y el negro personifica la desconfianza. El blanco desahoga y el negro satura, además que representa la máxima polarización de la luz, en la rotación del espectro.

El blanco contribuye a diluir la saturación de los colores y los debilita, en tanto el negro los ensucia. Blanco es serenidad y todo lo positivo, negro la confusión y lo negativo. El blanco representa la extroversión y el negro introversión rotunda. La textura del blanco resulta sedosa al ojo y la del negro áspera. En la correspondencia con la orquesta, el blanco equivaldría al violín, como también al clavecín, en tanto que el negro recuerda a los tambores de percusión más graves.

Tal vez la esencia de la luminosidad emitida por una pintura sea, digamos, su "timbre", esto es, el misterio encerrado en la expresión de esta original conjunción de colores, de estructura indescifrable.



Jorge Labarca
Concepción, Mayo 2011.